Hoy en The Korner entrevistamos a Héctor Rodríguez | CEO en Marca Condal.
¿Quién es Héctor Rodríguez?
Héctor Rodríguez es, básicamente, un flipado de los eventos. Llegó a este sector de casualidad, sin background ni plan maestro, después de una fiesta de San Juan que se le fue completamente de las manos… y ahí entendió que lo suyo era provocar cosas que pasen de verdad.
Es padre de dos niños, está casado con la cofundadora de Marca Condal (lo cual ya dice bastante del nivel de intensidad del proyecto) y vive el negocio como algo absolutamente personal.
Fuera del trabajo, le encontrarás en alguna carrera extrema en bicicleta o dándole vueltas a una idea imposible. Porque si algo tiene claro es que la creatividad no es una herramienta… es una forma de vivir.
¿Qué es Marca Condal?
Marca Condal es, seguramente, la agencia creativa más pequeña del mundo con más amor y cariño invertido.
Nació en la habitación que mi abuela me dejó, y desde el primer día ha sido algo más que un negocio: es un hijo. Uno de esos que no puedes dejar de cuidar, mejorar y llevar un paso más allá.
Siempre hemos tenido una obsesión clara: calidad por encima de cantidad. No queremos hacer muchos eventos. Queremos hacer eventos que pasen cosas.
Trabajamos como partner estratégico para las marcas, integrando creatividad, producción y narrativa… pero, sobre todo, implicación real. Porque si no nos lo creemos nosotros, no lo va a hacer nadie.
El evento corporativo ha evolucionado mucho en los últimos años: del formato como fin al formato como medio. ¿En qué punto crees que está realmente la industria en España? ¿Hemos interiorizado ese cambio o todavía hay mucho camino por recorrer?
Hay un problema bastante gordo que casi nadie dice en voz alta: la educación del sector es prácticamente inexistente… al menos bien hecha.
Lo poco que hay, en muchos casos, sigue basado en teoría del pleistoceno. Mucha pizarra, mucha palabra bonita… y poca realidad de lo que pasa en un evento de verdad.
Eso genera profesionales que saben cómo debería ser un evento… pero no cómo hacerlo.
Y justo ahí es donde estamos metiendo mano con el Método Murphy. Formación real, de trinchera, sin humo. Y está funcionando porque responde a una necesidad que el sector llevaba años ignorando.
Hablamos mucho de experiencia, de impacto, de emoción… pero el cliente corporativo también tiene KPIs, presupuestos y comités de aprobación. ¿Cómo se negocia hoy ese equilibrio entre ambición creativa y exigencia de resultados medibles?
Lo tengo claro: no es una negociación, es una traducción.
La creatividad no es un lujo, es la herramienta más potente para conseguir resultados. El problema es cuando se plantea como algo estético en lugar de estratégico.
Nosotros empezamos siempre por el objetivo: qué tiene que pasar después del evento. Y a partir de ahí construimos todo.
Cuando el cliente entiende que la idea no es “porque mola”, sino porque impacta en negocio, el equilibrio deja de ser un problema.
En eventos de alto impacto, el briefing inicial rara vez cuenta toda la historia. ¿Cuál es el verdadero trabajo de diagnóstico que hay que hacer antes de diseñar nada? ¿Qué preguntas son las que realmente importan?
Se hacen cientos de eventos al día ¿Qué va a destacar en el tuyo?
Antes de diseñar nada, hay que entender qué tiene que cambiar, qué no está funcionando y por qué el asistente debería implicarse.
Pero hay algo que casi nadie tiene en cuenta: el propio equipo.
Nosotros también nos hacemos preguntas incómodas vitales para el proyecto:
- ¿Este evento nos motiva?
- ¿Nos va a hacer mejores?
- ¿O es solo por dinero?
Porque si el equipo no está dentro de verdad, eso se nota en cada segundo del evento. Y un evento sin alma se puede ejecutar… pero nunca se va a recordar.
Si tuvieras que señalar tres errores que cometen las empresas al encargar un evento —errores que se repiten independientemente del sector o el tamaño del cliente—, ¿cuáles serían? ¿Y qué consecuencias tienen en el resultado final?
Primero: empezar por el formato.
Quieren una cena, un congreso o una fiesta… sin saber para qué. Eso es construir la casa por el tejado literalemente.
Segundo: desalinear presupuesto y ambición.
Se buscan resultados top con recursos mediocres. Y eso, simplemente, no funciona.
Tercero: no compartir contexto real.
Briefings a medias, información filtrada… y luego se espera magia.
El resultado: eventos correctos, pero completamente olvidables. Y eso sí que es caro de verdad.
Detrás de un evento extraordinario hay un equipo que trabaja, en muchos casos, en condiciones de mucha presión y poca visibilidad. ¿Cómo se construye y fideliza ese talento en un sector históricamente marcado por la precariedad y la temporalidad?
Con verdad, con exigencia… y con proyecto.
El sector viene de una cultura bastante fastidiada en este sentido: precariedad, horas infinitas y poca proyección real. Eso ya no vale.
Nosotros apostamos por implicar al equipo en el concepto, en las decisiones y en el resultado. Que entiendan el verdadero impacto de lo que hacen y pagarlos lo mejor posible siempre.
Y aquí entra el Método Murphy con fuerza. Se trata del primer anti-master del sector eventos & marketing enfocado a ejecutar. No es solo formación, es una comunidad donde la gente crece, conecta y accede a oportunidades reales.
Si quieres talento bueno, tienes que construir un ecosistema donde ese talento quiera quedarse. Lo otro es rotación constante.
Un evento es uno de los pocos formatos donde no hay segunda toma: lo que pasa, pasa delante de todos. ¿Qué te ha enseñado gestionar imprevistos en directo sobre el verdadero valor de la planificación? ¿Y hay algún momento de crisis que, con perspectiva, acabó aportando algo inesperado?
Que puedes tener el mejor plan del mundo… y aun así todo puede cambiar en segundos.
El directo te obliga a decidir rápido, a priorizar y a mantener el foco cuando todo se mueve, y eso mola.
Y luego hay algo más visceral: el directo me pone cachondo, en el buen sentido (o no). Son esas mariposas en el estómago que no puedes replicar en ningún otro formato.
Supongo que artistas, deportistas o gente que vive el escenario lo siente igual. Esa mezcla de tensión y adrenalina es parte de la magia irremplazable.
En un mercado donde cada vez más agencias hablan de «concepto», «narrativa» y «experiencia», ¿cómo distingue el cliente una agencia que de verdad lo ejecuta de una que lo promete bien? ¿Qué debería exigir quien contrata?
Mirando la cara B. Siempre.
Las webs, los vídeos, los reels… todo eso está muy bien. Pero la realidad está en el backstage, en lo que el ojo no ve.
Cómo trabajan, cómo reaccionan cuando algo falla, cómo organizan un montaje, cómo toman decisiones en directo.
Si no entras ahí, todo puede ser humo. O peor aún, IA bien presentada.
Una agencia de verdad no solo enseña el resultado… puede explicar perfectamente cómo ha llegado hasta él. Por eso en Marca Condal, tenemos nuestra cara B, que es lo primero que enseñamos al cliente, con documentales, casos de errores, soluciones y mucho equipo al descubierto.
¿Qué tendencia del sector te parece genuinamente transformadora en este momento, y cuál crees que es más ruido que señal?
Cada vez vamos más hacia algo que me gusta mucho: la “Teoría de los Teatros”.
Eventos que buscan reconectar de verdad con las personas, dejando de lado la obsesión por más LED, más sonido, más pantallas, más IA.
Porque cuando todo el contenido está generado por máquinas, lo humano se vuelve oro.
El toque humano, la imperfección, la emoción real… eso va a ser cada vez más escaso. Y por tanto, cada vez más valioso.
